Con un txirimiri inoportuno, llegamos a la X del tesoro. El notario público al que nos remitieron era un tipo amable de mediana edad. Tras mostrarle la documentación, me indicó que bajase por una empinada escalera hasta un despacho. La estancia no es mas que un sótano encalado de blanco, donde dos intérpretes, hombre y mujer, esperan como arañas en los agujeros de una tapia, la entrada de algún conductor en apuros. Tras rellenar innumerables formularios, fotocopiar mi pasaporte, seguro y documentación de la moto, leerme mi declaración en la cual JURABA que abandonaría Rumanía en 24 horas, subimos de nuevo al espacio "noble" del notario.
Mientras el este acababa de despachar a otro cliente, la intérprete, en voz baja y para que nadie la oiga, me reclama los veinte euros por su servicio... Le digo que se los pagaré cuando me den la factura, pero acercándose aún más a mi oído murmura: "no, mejor me los das ahora" acompañado de un par de leves tironcillos... como si esperase oír el tintineo metálico de las monedas en algunos de los bolsillos de la chupa de la moto... Me deja tan perplejo que se los suelto sin rechistar...
La estancia en la que nos encontramos es feliniana. Por deducción pienso que la mujer que habla a voces por teléfono repatingada en un sofá mientras ve y oye la TV a todo volumen, no debe de ser otra que la señora del notario. Toda la mesas se disponen al rededor de otra central más grande que sirve como peana a una maqueta de tren que circula en sentido contrario a las agujas del reloj. Todo este ambiente se completa con una fuente griega de imitación al mármol, de esas de tipo feng-shui que despide una especie de humillo blanquecino... y en una esquina, ajena a nuestras miserias, una cacatúa devora sin tregua las semillas de un cuenco.
Cuando el notario se despide del otro cliente, sin mediar palabra y sin leerse los documentos, los firma y me dice que son 48,25 euros. Ahora veo que todo esto es un complot para sacar pasta a los turistas, todo es un negocio ruin pero bien orquestado... Le doy 50 euros, se los guarda en el bolsillo y dándome una palmadita en la cara, me desea suerte y se larga con mi vuelta. Pero estoy tan arto, asqueado y en el fondo algo asustado que no me quedan ganas de batallar por 1.75 euros. Sólo quiero que me devuelvan la licencia y largarme de este país.
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